Desde Baños a la calle de Los Tilos

Recuerden dónde estaban o qué hacían. Rebobinen su “Cinexin” particular quince años atrás. Según mis cálculos, quien escribe contaba con 36 primaveras, con sus veranos, otoños e inviernos.
Vamos al tema. Un día cualquiera de ese tiempo pasado, tras el madrugón y la caminata empinada de dos horas por senderos devorados por la maleza y reconquistados a golpe de tajamata, llegamos a un pequeño terreno en el monte. Siempre escuché a los paisanos —o así lo recuerda mi memoria en voz de mi padre— nombrar aquel lugar como “La Hombría”. Si mi oído hubiera sido más fino y mayor mi sabiduría, quizá habría escuchado mencionar el paraje de manera correcta como “La Umbría”, por ser zona de sombra y estar frente a la Solana.
Llegamos allí con el ansia que atesoran nuestros mayores de querer transmitir, de generación en generación, los conocimientos. La intención era encontrar los hitos que delimitaban la linde de la finca. El terreno seguía siendo una escalera de terrazas salpicada de hermosos castaños, robles y rastros de jabalíes. Serían las 8:30 a. m.; aun en verano, era una hora fresca.
“Érase una vez una mariposa blanca que era la reina de todas las mariposas del alba... Presumidilla y coqueta, parecía una flor de almendro mecida por brisa fresca”, cantaban Lole y Manuel. Una no... Cientos, miles de alas blancas cubrían con su manto inmaculado una buena parte de ese monte olvidado. Me sentí como David Attenborough en uno de sus documentales sobre naturaleza, descubriendo algo que nunca jamás habría imaginado. Al caminar entre ellas, comenzaron a volar. Era un sueño. Era real.
Lo que no voy a contarles es que, en el camino de vuelta, nos perdimos y estuvimos siete horas desorientados. Abríamos camino a golpe de palos, hacia abajo. Nuestros cuerpos fueron víctimas de cómo las zarzas desgarraban, sin piedad, la piel. Pero no se apuren: si hoy escribo estas letras, es porque salimos del embrollo.
Ese día, al descubrir ese manantial de vida en el Valle del Ambroz, en Baños de Montemayor (Cáceres), mi mente evocó la calle de Los Tilos, en Salamanca, en el barrio Garrido y Bermejo. Me trasladé a la mesa camilla donde el abuelo Martín pastoreaba a sus nietos con números romanos, cuentos y cuentas, adivinanzas y poesía. Aquellos nietos volamos de un nido que nos recuerda cuál es nuestro lugar.
Ese barrio nos vio crecer: Los Tilos, Fucsia, Río Camaces, el bar Paraíso, el bar Paradinas... Era el mejor de los decorados para jugar al clavo, a la peonza, a los nombres de los coches y tomar ese butano con paloma que sabía a gloria.













