Volver a Noticias

Memoria

Foto: menudaessalamanca.com
Luis Jaraquemada Bueno (Club Viernes 13)

Hacía mucho tiempo que no estaban juntos en el parque de la Alamedilla. Mario empujaba la silla de ruedas en la que descansaba su padre, que parecía ausente. Por la mañana se le había ocurrido sacarlo de la residencia para dar una vuelta por el centro, y así recorrer una vez más los rincones que habían pateado juntos tiempo atrás, hablando de fútbol o de arte, tanto daba.

—Papá, aquí veníamos a ver las cobayas, y les dábamos trozos de zanahoria. Y luego íbamos donde los patos. ¡Qué miedo le daban a Sarita! ¿Te acuerdas del día que salió corriendo porque la perseguía un pavo real? La echamos mucho de menos. A ver si en Navidad libra y puede venir algunos días —dijo mientras pasaban cerca de unas jaulas vacías.

Pasearon unos metros más, y Mario escrutó la cara de su padre. Ni un gesto. La mirada perdida, como siempre. La chispa en sus ojos de profesor de literatura se había ido apagando paulatinamente. Suspiró, sonriendo. “De algo servirá” —pensó—, “seguro que se acuerda de alguna cosa, aunque no me lo diga”. Curiosamente, los patos seguían en el estanque que ocupaba el lado noreste del parque. No los mismos, claro, pero sí el concepto, el alma de la Alamedilla. Permanecían como seres telúricos, alimentados a base de gusanitos y pan duro por varias generaciones de niñas y niños.

—Mira, Papá, esos patitos. Hay unos patitos bebés nuevos. ¿Cómo los llamabas tú? ¿Anadones, verdad? Ojalá hubiera heredado tu amplio vocabulario. A mí no me vienen las palabras tan fácilmente. Si es que no te hice caso con lo de aprenderme poesías de memoria —y creyó ver un gesto de afirmación en la manera en la que el anciano había movido la cabeza.

Decidió darle el gusto de tomar una leche helada en la cafetería Alamedilla. Recordaba la ilusión con la que algunas noches de verano iba con toda la familia, sabiendo que al llegar podría jugar con Sarita a darle patadas a chapas de botellas de refrescos que poblaban el suelo, para después degustar el famoso helado, coronado con canela y dos barquillos cilíndricos.

Sentó a su padre mirando hacia el centro de la plaza, que había sido testigo de sus correteos de niñez. Una fuente con chorros que emergían desde el suelo ocupaba ahora el espacio central, y algunos pequeños jugaban a esquivarlos. Los más traviesos intentaban salpicar a cualquiera que pasara a su lado.

—Hay que ver las veces que me trajiste aquí los domingos por la mañana a cambiar cromos. Y ni una colección completé —dijo mientras le daba una cucharada—. Algunas veces te fastidiaba tener que venir, y no lo ocultabas, ¿eh? Pero claro, con la matraca que te daba yo… Y la rabia que te daba el "si le, no le", que siempre me decías que no era "no le", que tendríamos que decir "no lo", porque era complemento directo.

“Si le, no le”, ese código infantil para decir qué cromos teníamos repetidos y cuáles no del taco del otro. Una tradición que, como tantas otras cosas, se estaba perdiendo, como la memoria y la lucidez del padre de Mario que, no obstante, gracias al frío que sentía en la lengua recordó vagamente momentos del pasado. Y de una manera inconsciente y abstracta sintió algo parecido a la felicidad.

Más noticias...