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Ellas ganan

M. Maximina Moreno Arce (Club Viernes 13)

Una rata se cruzó en mi camino a toda velocidad cuando caminaba por el Paseo de la Estación. Di un respingo y de mi boca salió un ridículo gritito que, más que temor, expresaba asco. Esa rata negra, peluda y fea —no sé por qué la describo con tanta exactitud si, en verdad, solo vislumbré su silueta—trastornó mi ánimo de tal manera, que una noche de diversión con mis amigos la convertí en un debate obsesivo sobre el animal. Pero, al parecer, no soy la única que odia a los ratones o las ratas, lo mismo me da —no hago distinción, aunque sé que son de especies diferentes—. Lo dice un estudio publicado en la Revista Virtual de la Universidad Católica del Norte, en Colombia, cuando concluye, sin errata alguna, que son los animales que causan más fobia entre las mujeres.

De esa idea inicial surgieron muchas opiniones y muchas más preguntas: ¿Por qué las exterminamos, cuando existe una tendencia universal a conservar las especies? ¿Por qué nos cebamos en ellas y, en cambio, procuramos respetar a los murciélagos, que son también portadores de enfermedades o infecciones, si es esa la razón para aniquilarlos? Mi amiga, la bióloga, una auténtica rata de laboratorio, insistía en que todos los animales tienen una razón de ser y una función en su ecosistema. Y nos aburría enumerando sus bondades: ayudan a la reforestación dispersando semillas, airean el suelo, distribuyen hongos en los bosques, que proporcionan nutrientes a las plantas y son fuente de alimento para una gran variedad de animales, incluidos los humanos, etc., etc.

Mi compañera de piso, farmacéutica, como siempre está jugando al ratón y al gato no acababa de definirse. No nos aclaraba si le gustaban o no, y ponía cara de “Ratita Presumida” cuando se refería con nostalgia a sus amigos Pixie y Dixie, “esos marditos roedores”—que diría el gato Jinks—. Recordé en ese momento el delicioso bando que dictó, el ayuntamiento de Carbajosa de la Sagrada durante la pandemia de 2020 para concienciar a la ciudadanía sobre la necesidad de mantenerse en sus hogares. En él autorizaba únicamente al ratoncito Pérez—eso sí, con todas las precauciones higiénicas— a entrar en los domicilios. Se trataba de que pudiera seguir repartiendo regalos a todos aquellos niños y niñas a los que se les hubiera caído un diente.

Su pareja, que es un veterinario reputado, pero “un rata” a la hora de pagar, nos hablaba del fabuloso artículo que Miguel Ángel Criado publicó el pasado 20 de febrero en El País. Me pareció muy interesante saber que los ratones acuden a ayudar a otro cuando se encuentra inconsciente. No cuando está dormido o simplemente no se mueve. Solo cuando no tiene consciencia, ya sea por el efecto de algún fármaco o por un desvanecimiento. Varios estudios han corroborado que el animal detecta la necesidad de su congénere de ser reanimado y por ello practica diferentes técnicas de auxilio. Empiezan por olisquear al compañero, luego lo lametean y finalmente le abren la boca con pequeños mordiscos en el hocico para acceder a la lengua y tirar de ella. Esta última maniobra —aunque dé un poco de asquito imaginarla— es la que consigue, la mayoría de las veces, la total reanimación. Y es que, por lo visto, existe una conexión neuronal entre la lengua y el cerebro, cuyo mecanismo se escapa a mis escasos conocimientos científicos.

Mi primo, profe de literatura, el típico ratón de biblioteca, se había ilustrado sobre el comportamiento de estos animales para una novela que estaba preparando y nos contaba que el motivo por el que las poblaciones de ratas se cuentan por miles de millones es porque se reproducen a un ritmo vertiginoso. Durante sus seis horas de celo, cuando es fértil, una rata parda hembra puede aparearse hasta quinientas veces con varios machos diferentes, de tal manera que una madre rata puede tener hasta quince mil descendientes en un año. No es de extrañar que el alcalde de Nueva York estuviera desesperado cuando en junio de 2024 habían llegado a los tres millones de ratas en la ciudad, ni que todos los ayuntamientos, como el de Salamanca, tengan un servicio de control de plagas y planifiquen anualmente campañas de desratización.

A pesar de que a veces soy un poco ratera, sobre todo cuando tengo delante golosinas, a mí esos roedores no me gustan nada. Aunque formen parte de mi infancia, como el ratoncito Pérez o Speedy Gonzales; aunque sean necesarios en el ecosistema y aunque hagan de “buen samaritano” entre ellos, esos bichos siguen sin gustarme. Me identifico más con el flautista de Hamelín. Porque, como dice el refrán: “ratoncitos y ratones, bonitos, pero ladrones”. Les tengo tanta aversión, que si alguna vez apareciesen por mi casa la llenaría de trampas y polvos matarratas para expulsarlos. Solo de pensar que han estado en el salón, que han entrado en la cocina, que han rozado mi ropa o que se han paseado por encima del mouse de mi ordenador, me pondría enferma.

Por varias razones, no voy a entrar en las conclusiones científicas a las que han llegado los investigadores sobre la función y el comportamiento de estas alimañas, principalmente porque no sabría interpretarlas de forma correcta. Pero, a mí no me la dan con queso. Lo único que me ha quedado claro es que por muchos polvos que les echemos, ellas echan muchos más. Y los suyos son más efectivos.

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