Cuando la luz se apaga
Por Tomás García Merino (Club Viernes 13).

La débil luz de un sol agotado acaricia la fachada del ayuntamiento como el tierno beso de una madre. Lentamente, las farolas se van encendiendo.
El día se acaba. En el centro de la plaza, los curiosos peregrinan siguiendo un camino no marcado. Dan dos pasos y se acercan, con cuidado, hasta el lugar donde descansan los libros. Alzan el cuello, bajan la vista y los ojean.
Algunos, los más valientes, se atreven a tocarlos, a manosearlos, incluso los hojean. La procesión continúa, como parte de un rito sagrado, entre las casetas cargadas de sueños. El rumor se va apagando.
Los cansados libreros van echando la trapa: «Mañana será otro día». La luz que alumbra a los libros se apaga. El bullicio se traslada a las terrazas junto a los arcos. En el ágora, en el centro, junto a las historias, no queda nadie.
Pero la vida sigue, y la imaginación, también. En el interior de los puestos de libros, de espaldas a la realidad, comienza la magia. Los personajes, temerosos, se asoman a los bordes de las páginas. No se atreven a salir. Poco a poco van perdiendo el miedo y, se adentran, como cada noche, en su mundo. Un ojo pegado a otro ojo, el de una cerradura, lo observa y calla.
Ve cómo, con su característico bamboleo, «Avelina, la hipopótama divina», se acerca hacia el «Jaracandá». Junto al tronco, un rosario de imbéciles espera su turno para recibir la vacuna contra la insensatez. Uno de los que guardan la fila levanta la mano y alguien grita: «ese imbécil va a escribir una novela». Y al fondo, de espaldas, el Papa empuja la puerta de la basílica de San Pedro. Un cuerpo se asoma a la puerta y grita: «Los siguientes».
Un poco más lejos una manada de lobos leen el evangelio. Y, en silencio, un grupo de chicos muy aplicados estudian para no suspender literatura. Al final del bosque, en La Seca, junto a un alcornoque, las serpientes se desprenden de su piel de invierno. Los corcheros descansan y alzan el rostro para sentir el viento.
Un poco más lejos, alrededor de la piedra blanda, Superman charla distendido con Spiderman y Lobezno. Hablan sobre algo que acaban de descubrir: «Un manuscrito de sangre». Levantan la mano y saludan. Junto a ellos, Pinocho, el Capitán América y Caperucita caminan por las calles de Manhattan. Se oye un bello tintineo y todos se detienen, el silencio se apodera del lugar. La bella melodía del gorjeo de un jilguero, el canto alegre del pájaro, posado junto a la imagen de Carmen Martín Gaite, los hechiza.
Dentro de las casetas de la feria, cada noche se produce la magia. Porque los libros, con sus historias, con sus personajes, son mágicos y la plaza Mayor de Salamanca, también es mágica.













