La milla del ferrocarril

La antigua estación de ferrocarril de Salamanca tenía aroma a nostalgia. Los vetustos vagones de hierro chirriaban sobre los raíles, mientras la bocina de la locomotora lanzaba un grito de despedida anunciando la partida. El tren daba de comer a cientos de familias: jefes de estación, factores de circulación, guardagujas, interventores, enganchadores, guardesas, guardabarreras, capataces, sobrestantes, avisadores, telefonistas, maquinistas, fogoneros, jefes de tren, visitadores, guardanoches…
En uno de los laterales de la entrada a la estación había una sucursal de correos; en el centro, una explanada con una gran fuente donde rellenábamos los envases vacíos de “Cristasol”, que servían como armas para lanzar chorros de agua contra la pandilla rival de Garrido Norte. En esta “piscina” se alzaba una obra de Martín Chirino, célebre escultor canario y Premio Nacional de Artes Plásticas. Años más tarde, la escultura fue trasladada primero a la estación de Valladolid y finalmente a Madrid.
Eran tiempos de juegos en la calle, más bien en los barrizales que luego darían paso al cemento. Con apenas 25 pesetas podías comprar un sobre sorpresa que quizá contenía unas gominolas o, con suerte, el ansiado paracaídas, ese muñeco de color caqui atado con finos hilos a un trozo de plástico que casi siempre terminaba enredado en los cables de la luz o en las ramas de un platanero. Entonces tocaba volver al clavo o a las canicas.
En el otro extremo de la estación, un caño de agua aliviaba del sofoco del verano. Para llegar hasta allí había varios caminos: desde el barrio Garrido o, por supuesto, desde el Paseo de la Estación. En este último se extendía una monótona colmena de casas idénticas: las viviendas de los ferroviarios, hoy reformadas y con ascensor incluido se mantienen en buen estado. Por un lado eran la alfombra roja de bienvenida; por el otro, ofrecían vistas a la vía ferroviaria. El inicio de esa milla se distingue en la rotonda que conecta el Paseo de la Estación, el túnel del ferrocarril y la avenida de Portugal. Y cómo no recordar el bar Peñaranda, lugar habitual donde los empleados se reunían a jugar a las cartas.
Quien escribe, nieto, sobrino y primo de ferroviarios, se enorgullece de la trascendencia que tuvo la estación en su tiempo. Gracias a ella, el abuelo Martín y la abuela Leo se asentaron en la calle Los Tilos y pudieron criar a diez churumbeles que hoy forman la familia “Redondo Sánchez-Jara”.

“En 1886 se construye la estación de ferrocarril. El caballo de hierro llega con ímpetu a modernizar estas tierras y a comunicarnos con el exterior (aunque a la vista de los aconteceres ferroviarios actuales, es un decir…). Los salmantinos se emocionan, quieren ver de cerca los trenes y pasean camino de la estación. Los visitantes que llegan a Salamanca pasan también por este camino. Los coches de caballos lo recorren para buscar y dejar pasajeros y, poco a poco, el camino de la estación empieza a convertirse en una vía concurrida y de significación. Es el lugar perfecto para que un salmantino con posibles decida ubicar en ella su casa señorial”. (Laura Rivas Arranz. Historias del cuarto de atrás, 2012).
Hasta 1954, los trenes rumbo a Portugal atravesaban el centro de la ciudad, desde la avenida de Portugal hasta el cementerio. Había pasos a nivel entre Torres Villarroel y la avenida Italia, en la confluencia de María Auxiliadora con la avenida de Portugal —donde existía un apeadero— y en la carretera de Ledesma. La estación de las últimas tres décadas del siglo XX contaba con una cafetería en el mismo lugar donde está la actual, con una cristalera que daba al patio. En la planta superior había un pequeño restaurante. La amplia sala de viajeros —más grande que la actual— acogía la pizarra en la que el jefe de estación, con su tiza, anotaba los retrasos. Además de la taquilla, era muy utilizado el servicio de consigna, donde se dejaban las maletas. Este servicio desapareció en todas las estaciones españolas por orden de Renfe tras los atentados de ETA en 1979 en Atocha y Chamartín. (Cynthia Alonso. La Gaceta, 2021).
En el extremo sur de la milla ferroviaria estaba el economato. Hasta allí llegaba el infante con el carrito de la compra de la abuela Leo subiendo una empinada cuesta de tierra. Con la cartilla o tarjeta blanca de abastecimiento se adquirían los productos básicos a un precio más económico que en otras tiendas.
En este viaje al pasado, uno puede imaginar, como narran las crónicas, que allí se levantaban varias fábricas: de hielo, galletas, cerveza, jabones, gaseosa… ¿Quién no conserva aún en casa un casco de vidrio de La Casera? La cercanía con el tren impulsó el progreso de la ciudad.
Quizá le debamos mucho más a la estación de tren y al ferrocarril de lo que imaginamos.













