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Coser y cantar

Mujeres cosiendo en el patio. Foto: Archivo de la Asociación Cultural Gabriel y Galán
Por Maxi Moreno (Club Viernes 13)

Las chicas de mi época no cosíamos. La mayoría de nosotras habíamos vivido con fascinación las labores de nuestras madres, de nuestras abuelas o de nuestras vecinas, pero nosotras no las hacíamos. Nuestros intereses estaban muy lejos de las manualidades. Eran momentos de desarrollar la capacidad intelectual para equipararnos con nuestros congéneres masculinos, a los que se les educaba para eso, puesto que tradicionalmente, a las mujeres y a los hombres nos esperaban destinos diferentes. Pero eso ya estaba cambiando. Fuimos de las primeras que nos pudimos incorporar al mundo profesional con una cierta normalidad, sin que nos miraran como bichos raros. Insisto en el “profesional”, porque en el laboral siempre habíamos estado presentes, aunque con rangos y sueldos muy por debajo de los de los hombres, solo hay que recordar las tareas del campo, la mayoría sin remunerar, y los turnos en la multitud de fábricas de los últimos dos siglos.

El salto al campo profesional se hizo, en buena parte, desde mi generación, cuando la mayoría de las niñas pudo acceder a los estudios básicos y un porcentaje nada despreciable de mujeres, a la universidad. Nuestros estudios superiores nos permitieron conseguir puestos de trabajo intermedios y un cierto prestigio personal. Nunca cargos de primera línea, o muy pocos, y siempre a costa de un esfuerzo ímprobo que echaba por los suelos la posibilidad de disfrutar del ansiado descanso personal, porque la vida familiar seguía sustentándose en la mujer, que debía cuidar al marido, a los hijos y a los abuelos.

Pero no se trata de presumir, al contrario. Esta conquista social no ha sido solo producto de nuestro trabajo. Generaciones anteriores, de hombre y de mujeres, propiciaron ese salto. Sin el respaldo decidido de nuestros padres no lo hubiésemos conseguido. Mi hermana y yo tuvimos suerte. En casa nos apoyaron y tuvimos la oportunidad de convertirnos en personas instruidas con capacidad para desarrollar nuestras capacidades y competir en el mundo laboral. Los nuestros apostaron por el progreso, pero otros no lo entendieron de la misma manera y no permitieron a sus hijas continuar con su formación. Lo consideraron un despilfarro, una inutilidad o, incluso, un despropósito. Nosotras fuimos privilegiadas.

Cuando dejé el mundo laboral recordé con nostalgia las reuniones de vecinas en las que no todo era coser y cantar. Además de zurcir, bordar, hacer punto, ganchillo, bolillo o cualquier otra labor, las mujeres se reunían para hablar de sus cosas, para ayudarse entre ellas, darse consejos, recetas o informaciones útiles para el día a día. Y, además, sin que ellas fueran conscientes, “contribuían a la transmisión de la memoria, la identidad, las costumbres, los gustos y las condiciones de vida de los pueblos, porque los textiles integran un complejo código de significados”, en opinión del escritor mexicano Juan Villoro. Pero, para ellas, era, sobre todo, el momento de la terapia colectiva en la que, sin dejar de producir —porque había que aprovechar todo el tiempo—, daban rienda suelta a sus humores, alegres o tristes, según el día. Y me pareció algo fascinante. Algo que yo me había perdido.

Quise remediarlo y me apunté a un taller de bordado serrano con la ilusión de aprender su técnica, porque cuando conocí esta artesanía textil me enamoré a primera vista. No en vano es considerado una de las manifestaciones más significativas de la cultura inmaterial de la Sierra de Francia, a la que los serranos profesan gran querencia y, en los últimos años han sabido poner en valor ante el resto del mundo.

En aquel pequeño el estudio artesanal de la calle Van Dyck se congregaba un grupo de mujeres con unas manos prodigiosas y un tesón envidiable, que puntada a puntada creaban obras bellísimas: trajes, manteletas o cojines de dibujos extraordinarios y colores llamativos. La cadencia de sus manos me embriagaba y las imágenes que iban apareciendo, día tras día, en los lienzos, me maravillaban. Pero… Fui incapaz de imitarlas. Desistí, muy a mi pesar. Ni mi vista ni mi escasa habilidad me lo permitieron. Aunque disfruté mucho intentándolo.

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