A cuatro kilómetros de la felicidad

De todos los rincones que pueblan nuestra querida Salamanca, existe uno que, alejado del bullicio, los turistas y las cámaras de sus móviles, observa impasible el paso del tiempo a escasos cuatro kilómetros del corazón de la ciudad. A pesar de su relativa juventud, son muchos los salmantinos que continúan evocando su recuerdo con marcada nostalgia, tratando de conservar intactos en su memoria aquellos momentos de gloria que, con el transcurrir de los años, han acabado conformando un bonito recuerdo colectivo.
Lejos del esplendor de la piedra de Villamayor que arropa a sus hermanos mayores, decidió ataviarse con ropajes más mundanos, fabricados en hormigón y acero, siendo consciente en todo momento de su verdadera naturaleza. Y, aunque jamás una flor creció en su seno, se ha erigido siempre como el más grandioso jardín que la ciudad charra haya poseído jamás.
Destinado originalmente al disfrute del pueblo llano, por él han caminado reyes y príncipes, sin cetro ni corona, aunque siempre defendiendo los colores de su reino. También jueces de distinto calado, enfundados en una toga muy particular, que acababan recibiendo siempre el veredicto del respetable, la mayoría de las veces en forma de abucheo o almohadilla. Pero, por encima de todo, el rugir de miles de feligreses, devotos de un pensamiento único que, domingo tras domingo, visitaban ilusionados tan particular templo para implorar a Dios ese golpe de suerte que recompensara su inquebrantable fe en unos colores.
Aunque el tiempo ha acabado por distorsionar su grandeza en gran medida, nadie podrá borrar de nuestra memoria todas aquellas tardes de gloria y miseria, de lluvia y barro, de atascos en la carretera de Zamora y de bufandeo incontrolado al aire.
Recuerdos que surcan nuestra mente como estrellas fugaces, dejando una estela de nostalgia tras de sí, estimulando nuestra memoria y devolviéndonos un pedazo de nuestro yo pasado.
El inconfundible olor del césped, bañado por la humedad, al caer la tarde. El quejido de un ejército de cáscaras de pipas al ser pisado en un momento de celebración. El delicioso aroma de la faria que, más que atosigar los sentidos, los embriagaba por completo. El sonido de la megafonía en los descansos, invitándote a visitar tanto un mítico restaurante de la ciudad como un club de noche de moda. La majestuosidad de las banderas en el kiosco de Torres Villarroel cada domingo de partido. Aquellas almohadillas de cuero rojizo –o marrón- que evitaban que tu trasero acabara pegado al cemento de la grada. El mítico Tango, brillante, majestuoso, con ese blanco y negro que parecía homenajear los colores de nuestro equipo. El himno que anunciaba la salida de nuestros héroes al campo de batalla. El pitido final de la contienda.
Tantos y tantos recuerdos imborrables. Momentos puntuales que solo podremos revivir al cerrar los ojos. Una y otra vez.
Mi querido Helmántico, ¡cuánto te echo de menos!













