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Salamáncame: Se baja el telón

Foto: ISMAEL MARCOS R. ©voyeur.de.lo.efímero
Toñi Martín del Rey (Club Viernes 13)

Quedan solo dos funciones para la bajada definitiva del telón veraniego. Poco a poco se van atenuando las luces. El elenco de participantes, uno a uno, va desfilando por el escenario para despedirse tímidamente y recibir las últimas ovaciones y aplausos del público. Este, entregado, entusiasmado por lo que ha vivido, se despide también con lágrimas en los ojos. Los actores, entre bambalinas, se van despidiendo del atrezo que ya no utilizarán hasta la próxima temporada. El público, que ha disfrutado del espectáculo sin descanso, aunque de forma descansada, repasa una y otra vez los recuerdos de su fotograma estival.

Lejano queda ya el principio del espectáculo: los paseos matutinos a la orilla del mar, con la brisa rozando la cara y el agua acariciando los pies; las horas eternas observando el ir y venir incansable de las olas; las puestas de sol diarias al fondo del horizonte. Atrás quedó el mar a la espera del próximo encuentro, ese mar que recuerda cada año a los del interior lo que tanto les duele: Salamanca, con su monumentalidad y su piedra dorada, es especial; sí, pero en la ciudad charra tampoco hay playa porque si la hubiera… ¡Ay! Si la hubiera…

La representación veraniega sigue su curso. De vuelta al hogar los veraneantes disfrutan de la Plaza Mayor repleta de turistas y no turistas, extranjeros o autóctonos, figurantes que atraviesan su centro y sus arcos con calma o sin ella, eso es lo de menos. Unos se sientan en las terrazas a disfrutar de un café, de una copa, de unos pinchos, de una charla en compañía o simplemente de unos pensamientos que surgen en soledad. Otros, de pie, admiran los balcones, la luz, los matices dorados y comentan, sonríen, abren sorprendidos sus bocas.

Poco les importa el calor sofocante que desprende la piedra de Villamayor de los edificios. Lo soportan con brío porque para refrescarse están las piscinas de fondo azul que permiten darse un chapuzón mientras tuestan sus cuerpos ansiosos por lucir una piel dorada similar al color de la ciudad salmantina.

Ahora salen a escena los otros, esos actores que, sofocados de tanta piedra ardiente, deciden escapar a la sierra salmantina y disfrutar de los pueblos y sus gentes; de los reencuentros con familiares y amigos tras un largo año de espera; de los abrazos y conversaciones en bares o al serano en sillas de mimbre y tajos; de aquellos recuerdos y anécdotas de infancia y adolescencia retomados un verano más entre carcajadas. Los vemos también respirar el aroma de la naturaleza, observar mientras intentan retener en sus retinas los paisajes montañosos todavía verdes. Escuchan el piar de los pájaros, el chirriar de las chicharras y los grillos, el mugido de las vacas, el quiquiriquí del gallo, las campanas de la iglesia, el reloj del ayuntamiento.

El día lo reservan a las piscinas naturales, escondidas tras la vegetación y las montañas. Tras mucho vacilar, en un alarde de valentía, deciden zambullirse en sus aguas gélidas. Gélidas y reparadoras; sí, porque, aunque pocos lo crean, esas aguas activan el ánimo, la circulación sanguínea, la recuperación muscular y curan las heridas físicas y las del alma.

Entre chapuzón y chapuzón diario esperan con ansia la llegada de las fiestas y sus bailes serranos acompañados de dulzainas y tamboriles; los espectáculos taurinos, en muchas ocasiones, realizados en plazas improvisadas para la ocasión; las verbenas nocturnas, que ya no incluyen en su repertorio los lentos y pasodobles de antaño, pero que animan a trasnochar a los veraneantes hasta las tantas. Todo transcurre raudo y veloz, las agujas que marcan el tiempo no pueden detenerse. Mientras, va quedando un reguero de nostalgia en sus corazones que los perseguirá hasta el estío siguiente. Igual que el rastro que suelta esa estrella fugaz en el cielo nocturno. Ese cielo oscuro, limpio y despejado, alejado de la iluminación urbana, que anhelan reencontrar los más románticos. Es en los pueblos donde observan esa negrura salpicada de incontables y minúsculas manchas luminosas, algunas de las cuales, las más atrevidas, deciden mostrar su danza veloz a lo largo del cielo en las noches cercanas a la de su celebrado San Lorenzo. Esos románticos, al observar el radiante baile, desean detener el tiempo.

Como el destello efímero de esas estrellas el final del espectáculo se va acercando. La muerte le ha ido pisando los talones hora tras hora al descanso veraniego. A ese verano azul clausurado todos los años con la canción dinámica El final del verano que obliga a llorar su partida durante segundos, minutos u horas. O días, quién sabe. Dolor que se reaviva al observar los campos segados y las pacas diseminadas en ellos, claro anuncio de la estación otoñal llena de responsabilidades y rutinas que está por llegar.

Y todos se resignan, no hay más opción, la vida sigue su curso. Parafraseando a Neruda, no queda más que suspirar pues “Es tan corto el verano y tan largo el invierno…”

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