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El Doncel de San Benito

Foto: José Lorenzo Blanco
José Lorenzo Blanco (Club Viernes 13)

Los que hicimos el bachillerato en los años setenta tuvimos que cursar una asignatura llamada Formación del Espíritu Nacional que pretendía imbuirnos las doctrinas políticas imperantes en aquel régimen. El libro de texto de tal materia —nunca he podido olvidarlo— tenía en sus guardas un retrato del Doncel de Sigüenza, supongo que porque el nombre de la editorial era justamente ese: editorial Doncel. Era la fotografía de una hermosa estatua funeraria de estilo gótico y ubicada en una capilla de la catedral de aquella ciudad. Es un homenaje a Martín Vázquez de Arce, joven caballero de la Orden de Santiago que murió en 1486 batallando en la vega de Granada.

En la época en que arribé a esta capital a iniciar los estudios universitarios, la figura de alabastro seguía muy viva en mi recuerdo. Por este motivo, cuando alcancé la trasera de la iglesia de San Benito llegando por la calle de las Velas, me impactó ver la figura yacente de un muchacho al nivel de la propia calle. Estaba en una hornacina hecha bajo un arco situado en los muros exteriores de la iglesia, justo debajo de un gran ventanal. Pensé que se trataba de una obra realizada en piedra —eso me pareció entonces— y tallada con gracia extrema. Representaba a un joven en vestimenta similar a la que muestra Vázquez de Arce en su famoso mausoleo.

Han pasado cerca de cincuenta años y apenas me acuerdo en qué postura se encontraba inmortalizado el mozo charro, pero sospecho que ambos se recostaban de manera análoga.
Una verja protegía la escultura, pero el tiempo y la incuria habían ido acumulando tras ella desperdicios de variada condición. A pesar de ello, o quizás justamente por eso, creí que aquella figura solitaria era digna de mejor ubicación y cuidado.

Volví unos meses después y comprobé que se habían ido manifestando en la talla unos signos de grave deterioro, impropios de un material sólido y duradero como la piedra. Más tarde, cuando las heridas se hicieron más evidentes, descubrí que mi anónimo amigo no era de mármol ni de granito, sino de humilde cartón piedra.

Llegó un momento en que la escultura mostraba un decaimiento tan evidente que alguien, con buen criterio, decidió que debía retirarse. Desde entonces su hornacina está vacía.
No obstante, pese a la escasa valía de la obra, a mí me gustaría recobrar la imagen de aquel paje sin nombre que un día soñé que podría compararse en belleza con el enterrado en Sigüenza. Por ello ruego a los amables lectores que si alguno posee una fotografía de aquella efigie me haga el favor de enviar una copia a la redacción de este periódico.

Temo que la calidad de su hechura no sea comparable con la de otros “donceles” inmortalizados en la ciudad. Recuerdo ahora la figura del príncipe don Juan, hoy en la plaza de Monterrey, o la estatua yacente de un caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén custodiada en el museo de Salamanca.

No pretendo saber del destino de nuestro Doncel de San Benito, ni pedir una rehabilitación que seguro que sus escasos méritos artísticos no justifican. Mi petición es más modesta y más privada: deseo únicamente recuperar un recuerdo que me ha asaltado hoy de improviso —después de décadas de olvido— y del que la memoria no guarda registro visual. ¿Habrá algún generoso lector que guarde ese tesoro y se moleste en venir en mi auxilio?

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