Lo tengo, no lo tengo

Levanto la vista de la pantalla e intento desconectar del correo por un momento. Mi habitación permanece en silencio, atestada de objetos que me observan desde todos los rincones. Objetos que he ido recopilando a lo largo de los años y que, de alguna manera, conforman mi vida. Diógenes estaría orgulloso de mí. Zapatillas de baloncesto de los años 80 y 90, figuras relacionadas con el cine y los videojuegos, posters y placas con referencias literarias y cinematográficas, camisetas de fútbol y de la NBA. Un diminuto museo de pocos metros cuadrados que describe a la perfección todo aquello que soy.
Miro con satisfacción a mi alrededor y, de repente, me asalta una pregunta: ¿por qué el ser humano tiene la curiosa necesidad de coleccionar cosas, de recopilar determinados objetos para sentirse realizado? Esta reflexión me devuelve a mi niñez, cuando, después del chivatazo de turno, corría como poseso por los pasillos del colegio y, a codazo limpio, me fundía con la multitud que se agolpaba en la puerta principal. Allí, un desconocido repartía a diestro y siniestro álbumes y sobres de cromos de la nueva colección de moda. Daba igual la temática, aquello era un regalo caído del cielo, un anticipo de la Navidad y, sobre todo, la oportunidad de comenzar un nuevo ritual que, como poco, duraría meses.
Un rato después, ya en casa, el olor a pegamento Imedio comenzaba a invadir la habitación, y la hucha, aún a medio llenar, temblaba sobre la estantería al intuir las intenciones de su dueño. De repente, miles de niños nos convertíamos en apasionados de la fauna y la flora, de la historia de los inventores o de la aviación, en fervientes seguidores de los coches y las motos, o en fanáticos del cine clásico o la literatura fantástica. También, como cualquier niño de los 80, en aplicados consumidores de yogures y pastelitos que, más allá de la ingente cantidad de calorías, nos aportaba una buena ración de cromos cada vez que acompañábamos a nuestras madres a Simago o a Tragoz.
En realidad, no se trataba tan solo de alcanzar la inigualable satisfacción de ver la colección completada, sino del maravilloso proceso que aquello conllevaba. El taco de cromos repetidos, bien amarrado con la goma de turno, viajaba con nosotros allá donde fuéramos, conviviendo en la mochila con canicas, chapas y alguna que otra chuchería que no nos acababa de convencer. Comenzaba entonces la verdadera diversión, esa que surgía al tratar de conseguir los especímenes más recelosos de la colección, aquellos que se negaban a mostrarse en público y que vivían ocultos tras un halo de misticismo.
Era entonces cuando nos convertíamos en expertos del truque, en pequeños especuladores que medían al milímetro las posibilidades de negocio en busca del Santo Grial. Y, como aplicados coleccionistas, acudíamos puntualmente los domingos por la mañana a nuestra cita semanal en la Alamedilla, el verdadero Sancta Sanctorum del coleccionismo. Corrillos, carreras, discusiones, padres apurados, niños confusos y algún que otro pequeño timador. Todo ello tenía cabida en aquella especie de convención improvisada donde el mantra común era el “lo tengo, no lo tengo”.
Y, cuando la Alamedilla fallaba -bien fuera por la ausencia del espécimen buscado o por falta de recursos para capturarlo-, regresábamos al método tradicional. Así, recorríamos Salamanca de punta a punta, llevados por chivatazos y rumores que alentaban nuestras esperanzas y nos llevaban a los kioscos más recónditos de la ciudad, esos que, escondidos entre ultramarinos y mercerías centenarias, aparecían de repente como la X en el mapa. A veces había suerte, otras, la expedición resultaba en vano. Pero, siempre, la aventura resultaba inolvidable.
A día de hoy, caminando por la calle, sigo fijando la mirada en determinados lugares de la ciudad donde los cercos de kioscos desaparecidos aún son perceptibles. Cicatrices en la acera que nos hacen viajar al pasado. Pienso entonces en la ilusión que esos escasos dos metros cuadrados despertaron en toda una generación. O en varias. Todos ellos buscando su pequeña dosis diaria de felicidad, ya fuera en forma de información, golosina, cromo o pitillo. Ilusiones a duro. Un oasis camuflado de cubículo. Kioscos como el del Corrillo, Torres Villarroel, el Toscano, Federico Anaya, el Paseo de la Estación… y todos aquellos, más humildes, que alimentaron ilusiones y deseos durante décadas. Descansen paz.
En esta misma habitación, en uno de los armarios, todavía descansan dos ejemplares de colecciones de cromos completas. Ambas de fútbol de mediados de los 80. Pero, cada vez que sostengo en mis manos los ya desvencijados álbumes, no solo contemplo jugadores míticos y alineaciones de ensueño, sino una época que, aferrada a mis más remotos recuerdos, vivirá siempre conmigo. Y, al abrirlo para oler la mágica esencia de la celulosa caduca, a veces oigo un pequeño rumor proveniente de sus páginas. Lo tengo, no lo tengo…













