Dos paseos imaginarios

Si me hubieras dado ese beso en la plaza de la Fuente, todo habría sido distinto. Después de unir nuestros labios, separaríamos unos centímetros nuestros rostros, aturdidos por el deseo y la sorpresa. La boca se llenaría de nuevos sabores, los labios quedarían estupefactos ante una sensación desconocida, y los ojos, expectantes, buscarían en los del otro alguna reacción.
En cambio, si no me hubieras dado ese beso, justo allí, todo habría sido diferente. Pasaría al lado del videoclub Líder, ya embocando la cuesta del Carmen, taciturno y demacrado. Los personajes que protagonizaban los pósters me mirarían con condescendencia: «Otra noche, Luisito, que fracasas». «Perdona, perdona, me has malinterpretado»; «pero si solo somos amigos»… frases que resonarían —más bien, retumbarían— en mi cabeza, mientras arrastraría los pies, con la mirada en el suelo y las manos en los bolsillos.
Si me hubieras dado ese beso, a mi paso por la librería Rivas habría sonreído al mirar el escaparate. Allí se agolparían libros de ocasión: quizás un Romeo y Julieta perteneciente a alguna colección de clásicos, El jinete polaco de Muñoz Molina —que leíamos juntos—, una edición antigua de El Señor de los Anillos (hasta en un momento romántico me sale la vena fantástica), o posiblemente ese libro con el que empecé a sentir el lado romántico de la vida: Y decirte alguna estupidez, como por ejemplo: «te quiero».
Pero si no me lo hubieras dado, empezaría a llover. No una lluvia torrencial, pero sí lo suficiente para enmarcar mi tristeza. Me pondría la capucha y maldeciría cada minuto que quedara entre mi casa y el lugar donde me encontrara, caminando a la altura de la discoteca Morgana. Un rumor rítmico procedería del interior del local, una caverna que invitaría a cualquiera —menos a mí— a entrar. Una pareja se metería mano en un portal haciéndome sentir más desgraciado, y un borracho me lanzaría a la cara una bocanada de humo agrio, con aroma a garrafón.
Todavía con tu sabor en mi boca, analizando lo que había ocurrido, pasaría por la calle Bordadores, donde la fiesta continuaría unas horas más, pero no para mí, que, ilusionado y confuso, repasaría cada gesto, cada instante, cada palabra que nos había llevado a despedirnos, con el beso furtivo de quien no sabe si va a ser correspondido. Me pondría los auriculares y buscaría en mi mp3 una canción de Silvio Rodríguez, o quizás una de Oasis, canción que mañana tocaría —o trataría de tocar— con mi guitarra, recordándote y ganando tiempo para no escribirte demasiado pronto.
O por el contrario, si me hubieras girado la cara al intentar besarte, ahora escucharía algo de Ismael Serrano, o puede que una de Fito, alguna canción de desamor que hurgara más en la herida. Una que me hiciera ver que no era el único en la faz de la tierra que se sentía tan patético, tan desilusionado. Sin ganas de dar un paso más, pero muriéndome por estar ya en horizontal, en mi cama.
Y subiría la calle Compañía bailando, recorriendo un lugar con siglos de historia. La fuerte corriente de viento, al llegar a la Casa de las Conchas, me haría abrir los brazos para notar la fuerza del aire, «a lo Titanic». Porque me sentiría así, como el rey del mundo. Y allí, enfrente de las escaleras de la Ponti, reescribiría cien veces un SMS para ti.
O subiría la calle Compañía como una sombra. Vería mi reflejo en los charcos. La corriente de aire acentuaría el frío que ya sentiría, calado por la lluvia. Y cogería el móvil para mirar tu último SMS, el que interpreté erróneamente, el que me hizo pensar que quizás sintieras lo mismo.
Un paseo eterno de vuelta a casa.













