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Invierno del 76

Postal de Heraclio Fournier (Años 70).
Eugenio Sánchez Redondo (Club Viernes 13)

En el invierno del 76 la nostalgia llevaba gabardina y una boina capona. Martín Redondo Sánchez, el ferroviario, paseaba con su nieto de 6 años por los jardines del parque de la Alamedilla. De la Alameda al parque fue una de las mudas de la ciudad en los años 30 y posteriores. Ahora pongo, ahora quito, ahora quito, ahora pongo.

Caminaban los 80 años a cuestas con un trote peculiar; elevaba las rodillas exageradamente para no tropezar. La mirada del pequeño se tornaba curiosa y plena de respeto, como cuando unos ojos inocentes se clavan en el Cristo en la cruz el domingo antes de la catequesis. El abuelo Martín, el padre de cuatro hembras y seis varones, explicaba al infante:

—Ese señor, el de los brazos cruzados por la espalda, el tío de tus primos Angelito y Belén, es el guarda. La pluma que lleva en el sombrero es de uno de los pavos reales del parque —le explicaba el abuelo—. Los pavos reales, cuando están enamorados, forman un arco iris con sus plumas.

—¿Qué es estar enamorado? ¿Qué es un arco iris? —interrumpió el pequeño.

Martín, el marido de Leonarda, no pudo reprimir una leve carcajada.

—El arco iris vendrá a conocerte en primavera; para lo otro necesitarás más tiempo —respondió.

Las piernas le colgaban en el banco de piedra mientras mordisqueaba el bocadillo de Nocilla.

—Ven aquí, que te limpie los berretes. ¿Quieres ir a los columpios?

El muchacho salió disparado. El abuelo —el filatélico, el numismático, el pescador— aceleró el trote cochinero para no perderle de vista. Cuando lo alcanzó, estaba haciendo cola en su columpio preferido.

—Uno, dos, tres... Cuando llegue a veinte, te bajas, que hay un niño esperando —le dijo una señora a la niña que se balanceaba.

Mientras Martín colocaba a Pedrito en el balancín, el niño acercó sus labios al oído del abuelo y le dijo:

—¡Te quiero mucho!

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