Una nueva unidad de medida

Es probable, querido lector, que te parezca una idiotez que dedique un artículo a la longitud de la calle Toro. Creerás que puedes detener mis inútiles disquisiciones ofreciéndome un dato numérico objetivo y contundente —«520 metros», por ejemplo—. Pero no sabes lo porfiado que puedo llegar a ser.
Es bien cierto que, desde la definición del metro, la cuestión física de la medición de distancias está resuelta para satisfacción de la mayoría. Sin embargo, me gustaría plantearte unas cuestiones de orden sensitivo y emocional que quizás nunca hayas considerado.
Ponte, reticente lector, en la piel de esta parejita de enamorados que pasan ahora mismo a mi lado. No caminan; más bien levitan sobre las losas grises. ¿Cuánto crees que mide para ellos la calle Toro? Un suspiro, sin duda.
¿Y para el anciano renqueante, que se mueve a pasos cortos y debe detenerse cada poco para recobrar el resuello? Una eternidad, no me lo discutas.
Incluso para ti, que te resistes a darme la razón, esa vía que ambos transitamos a menudo, resulta mucho más corta si el día es primoroso que si el clima es frío y desapacible.
Por este motivo me atrevo a proponer una nueva unidad de medida. No me ha resultado fácil encontrarle un nombre apropiado, pero al fin me he decidido por el de «anímetro».
Así, el día que acudo despreocupado y feliz a la cita con un amigo, la distancia entre la avenida de Mirat y la Plaza Mayor será solo de un anímetro. Sin embargo, si al dejar la plaza de España y embocar la calle se me pega Mariano, el vecino pelma del quinto, y se empeña en acompañarme, el recorrido —un verdadero viacrucis— me parecerá que se estira hasta los cuatro anímetros, por lo menos.
Argumentarás que ese número será de poca utilidad cuando desconozca el bulevar o el paseo del que se me facilita la longitud, y que ese dato no me permitirá hacerme una idea del tiempo que tardaré en recorrer, pongamos por ejemplo, los Campos Elíseos. Lo acepto sin ningún tipo de resistencia.
Pero déjame explicarte y tendrás que concederme que el uso de mi unidad puede tener algunos efectos benéficos. Imagina que un amigo te dice que la Gran Vía le pareció hoy de cinco anímetros. Sabrás entonces, sin necesidad de mayor aclaración, que tu colega no pasa por su mejor momento. Y, en ese caso, te digo: detente un momento y dale un abrazo. Lo necesita.










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