¿Qué tendrá esta ciudad?

Abro los ojos, apago la alarma, subo la persiana, salgo al balcón y escruto los tejados, las antenas, los coches. Huele a nueve de mayo y en esta ciudad el cielo es azul como un océano de nubes.
A lo lejos escucho la sirena de una ambulancia. La vida se despierta a mi lado, pienso, una vez más, no estoy solo. Empieza a latir el pulso de la urbe con el eco de los buenos días rebotando en las paredes de piedra de Villamayor.
Los niños saltan, vestidos con uniformes de colores, en los charcos, cruzan pasos de peatones sin pisar la raya. Los semáforos parpadean, ordenan el trasiego en las glorietas.
La avenida de Portugal es un tobogán de parque acuático por el que resbala la vida. La Plaza Mayor se despereza entre camiones de reparto y cafés con leche, vuelan los pájaros en círculos imperfectos. Dori ordena los periódicos y las costumbres. La Catedral impone, en Anaya, la ley de la historia. Hay una fotografía en cada esquina, una mirada emocionante, un recuerdo tatuado en tu hipocampo.
El Puente romano bosteza y traga el agua de un Tormes que calla más de lo que dice. Una chica coloca la terraza de una cafetería y se arrepiente de la noche anterior. Las arterias del corazón de la Plaza de Anaya se pueblan de estudiantes que desafían al tedio y a los exámenes, son el sístole y el diástole de la ciudad, el pulso, la maquinaria, la esperanza.
Y mientras, dos hombres se dejan caer por la Calle Zamora, las manos en la espalda, la mirada clavada en los adoquines de la que un día fue Vía de la plata, apenas hablan, son víctimas de la belleza de un decorado.
La Plaza de los Bandos los saluda guiñándoles un ojo. Dos mujeres fuman en la esquina de la calle Brocense, ya es viernes. Las librerías empiezan a leer en silencio. El mes de las flores se deja ver en los balcones, como rotuladores fluorescentes en un cuaderno de adolescente. Y chalecos amarillos riegan las aceras, subidos a triceratops de hierro. Suena la radio desde una ventana, el mecanismo del reloj de las calles.
El extrarradio se comprime resignado hacia el centro, el esófago de la Gran Vía engulle los coches que buscan aparcamiento. A esta hora, la calle Arriba aún duerme en una litera. Se escuchan las primeras frases que abren la cremallera de la mañana, buenos días, mucha suerte, luego te llamo.
La Plaza de la Libertad parece un oasis en blanco y negro, una chica pinta un boceto, sentada en uno de sus bancos de piedra, frente al Casino. La casa de las Conchas se llena de traficantes de renglones, de grupos de whatsapp y de turistas.
Vuelvo a abrir los ojos, huele a nueve de mayo y en esta ciudad el cielo es azul como un océano de nubes. Qué poco me cuesta salir de casa. Qué tendrá Salamanca que tanto me gusta.













