La coherencia política, ese bien en extinción

En los últimos días, la política española ha vuelto a demostrar que su principal motor ya no es la ideología, ni el interés público, sino una combinación de cálculo, oportunidad y supervivencia. El pacto entre PSOE y VOX en Castilla y León para aprobar la nueva Ley de Publicidad Institucional no es un episodio aislado ni anecdótico: es el síntoma más reciente de un ecosistema político cada vez más desconectado de la ciudadanía y más entregado a sus propias lógicas internas.
Este acuerdo entre dos formaciones que, en teoría, representan modelos de país opuestos, viene a confirmar que las líneas rojas ya no existen más allá de los titulares. En un contexto de confrontación permanente, en el que se invierte más tiempo en demonizar al adversario que en construir país, sorprende —aunque no debería— la naturalidad con la que se formalizan acuerdos puntuales cuando conviene. No hay problema en compartir mesa y votos si el objetivo es común. El problema es que ese objetivo rara vez pasa por mejorar la vida de la gente.
La nueva ley, lejos de buscar un sistema más justo y equitativo para la distribución de la publicidad institucional, favorece abiertamente a los grandes medios nacionales en detrimento de los pequeños medios digitales y locales. Se prioriza la facturación y el tamaño empresarial sobre la utilidad social, la capilaridad territorial o el compromiso con el entorno. Una decisión que penaliza la pluralidad informativa y debilita aún más el ecosistema mediático de proximidad, fundamental para la democracia.
En paralelo, figuras como Santos Cerdán protagonizan una política de pactos a varias velocidades: se niega cualquier posibilidad de acuerdo con Vox en el Congreso, mientras se blanquea —sin demasiadas explicaciones— la relación con Puigdemont o partidos independentistas. Se alimenta así una narrativa inconsistente, difícil de defender incluso para quienes la ejecutan, que ahonda en la desconexión entre el discurso político y la práctica institucional. La política española vive una crisis de credibilidad que no se soluciona con comunicados ni ruedas de prensa: exige coherencia, claridad y respeto al ciudadano.
Hoy, los acuerdos no escandalizan por sus contenidos —discutibles como cualquier decisión política—, sino por la falta de transparencia, de honestidad y de coherencia con los principios que los propios partidos dicen defender. El resultado es un sistema donde los límites ideológicos se diluyen cuando hay poder en juego, y donde el corto plazo devora cualquier intento de construir país con mirada estratégica.
España necesita una política menos reactiva y más responsable. Menos efectista y más comprometida. Donde las alianzas no se expliquen con cinismo, ni las decisiones se justifiquen con argumentos vacíos. Donde la palabra dada vuelva a tener valor, y la ciudadanía pueda distinguir, sin esfuerzo, entre la convicción y la conveniencia.
Porque sin coherencia, la política deja de ser un proyecto colectivo para convertirse en un ejercicio de supervivencia personal. Y ahí, inevitablemente, todos perdemos.













