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Íñigo Martínez se recrea con la estelada al viento

Karmelo Llamas

Por cierto, el fútbol me importa lo mismo que un referéndum en Eurovisión —absolutamente nada—, pero a veces los bufones del balón se empeñan en saltar del césped al escenario político... y ahí ya no queda más remedio que aplaudir con guantes de esparto.

Hasta esta mañana, el nombre de Íñigo Martínez me era tan irrelevante como el último fichaje de una telenovela turca. El fútbol, ese opio de diseño con patrocinio multinacional y alma de chiringuito, nunca ha contado con mi devoción, ni siquiera con mi mínima atención. Pero hoy, tras toparme con la enésima estampa de un jugador profesional posando ufano junto a una bandera separatista —sí, esa pulsión adolescente de rebeldía impostada en camiseta de marca—, me veo obligado a tomar nota del sujeto.

Porque aquí, en este teatro de cartón piedra que es la España contemporánea, los gestos valen más que las ideas, y la épica se construye a golpe de Instagram.

El tal Martínez ha decidido, en un alarde de valentía que no pone en riesgo ni su sueldo ni su visibilidad mediática, alinearse con una causa identitaria que huele más a postureo de vestuario que a convicción política. Porque aquí, en este teatro de cartón piedra que es la España contemporánea, los gestos valen más que las ideas, y la épica se construye a golpe de Instagram.

¿Qué ondea una ikurriña o una estelada en un estadio? Bravo. Otro héroe de pega que confunde la disidencia con el marketing de nicho. Y mientras tanto, millones lo aplauden, no porque comprendan nada, sino porque necesitan desesperadamente que alguien finja tener una causa por ellos. No es que me moleste la existencia de nacionalismos periféricos, lo que me inquieta es la estulticia central. Y más aún, la facilidad con la que convertimos a cualquier profesional del balón en referente moral, como si patear pelotas fuera un certificado de lucidez política.

Un país donde cualquier futbolista que balbucea un eslogan es aclamado como un pensador emergente, mientras los que intentan articular discursos complejos son tildados de elitistas o aburridos.

¿Qué quiere defender? ¿Qué reivindica? ¿La autodeterminación? ¿La memoria histórica? ¿O simplemente su cuota mensual de atención en redes sociales? Porque eso es lo que son ahora muchos de estos gladiadores hormonados: influencers musculados con complejo de Che Guevara, pero sin la menor incomodidad de tener que pensar.

Es patético, y aún más patético es el rebaño que lo aplaude. Un rebaño que se emociona cuando ve a un millonario sobrevalorado ondear una bandera como si eso compensara su total esterilidad intelectual. Un país donde cualquier futbolista que balbucea un eslogan es aclamado como un pensador emergente, mientras los que intentan articular discursos complejos son tildados de elitistas o aburridos.

Íñigo Martínez, tú no representas a Euskadi, ni a España, y mucho menos a Cataluña, ni a nada que merezca respeto. Eres el reflejo de una época en la que la apariencia se ha impuesto a la verdad, y en la que basta con posar en el ángulo correcto para que la mediocridad parezca valentía. Pero no te preocupes: en este lodazal llamado actualidad, siempre habrá sitio para otro bufón con dorsal, bandera y neuronas en huelga. Acabas de sumar tu nombre a la nómina de celebridades que confunden el escenario con la historia, el símbolo con la acción, y la fama con la verdad.

Pero no te preocupes: en este país, donde pensar se considera una excentricidad y disentir sin pancarta es casi un crimen, siempre habrá sitio para otro tonto iluminado con camiseta sudada y bandera al viento.

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