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Encuentros literarios

Plaza de Anaya en Salamanca.
Foto: Tomás García Merino
José Lorenzo Blanco (Club Viernes 13)

Aprovechando la tarde primaveral que gozamos hace un par de días, salí a caminar por las calles de la ciudad. Resultó, sin pretenderlo, un paseo literario y existencial. Literario porque, sin esperarlo, me fueron saliendo al encuentro personajes de ficción y prestigiosos escritores.

Me acerqué a las escaleras de Anaya y allí caí en la cuenta de que Martín Gaite, sentada también en el mismo lugar, vería una escena semejante a la que yo tenía ante mis ojos. Luego, en la desembocadura de la calle San Pablo, imaginé a Fernando de Rojas estudiando la torre desde la que haría lanzarse a Melibea. Cuando llegué al puente romano creí escuchar los lamentos del pobre Lázaro doliéndose de la calabazada que le dio su amo contra la dura panza del toro. Subí por Tentenecio y, acortando por la calle Calderón de la Barca, me dirigí hacia la fachada de la universidad. Detenido frente a ella me pareció ver a un fraile agustino mirando emocionado la plateresca maravilla. Como si el pobre fray Luis llevara varios años sin verla. Al final de la calle Compañía vislumbré a un hombre de recia corpulencia y barba blanca. Quise ver en él un reflejo de Unamuno.

Un poco más tarde, para redondear el paseo, me tomé un café en el Novelty y, sentado junto a la estatua de Torrente Ballester, le pregunté y me pregunté —de ahí el calificativo de existencial— por la sustancia primaria de la vida.

Que no me contestara no detuvo el curso de mis pensamientos. No dejé de interrogarme sobre quién tiene una existencia más auténtica, el pícaro Lazarillo o el desconocido narrador de sus aventuras. ¿Es más real Fernando de Rojas que la bien conocida Celestina? Y si existió el tal Rojas, ¿no está más vivo como héroe de ficción en las obras de Luis García Jambrina? Ahora mismo dudo a quien extendería una partida de nacimiento, al desdichado Segismundo o al oscuro Calderón. ¿Quién es más verdad, don Quijote o Cervantes?

Bien podría decirse que cuanto más antiguas son las obras literarias, más se desvanece el autor en beneficio de su protagonista. ¿Qué decir de Torrente y de aquella Clara Aldán de «Los gozos y las sombras» a quien dio rostro y presencia nuestra paisana Charo López?

Reparé entonces en don Miguel que, seguramente decidió perpetuarse en un personaje de «Niebla», al percatarse del riesgo de disiparse, de dejar de ser un humano de carne y hueso y convertirse en poco más que humo.

En ese momento detuve alarmado mis reflexiones pues recordé que esa misma tarde, cuando pasaba por la Rúa, me había cruzado con Jambrina y lo había encontrado más pálido que de costumbre, con el ceño menos marcado, la perilla más gris y la mirada menos penetrante. Me pregunté, con cierta alarma, si no estaría empezando a difuminarse en beneficio de alguno de sus personajes.

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