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Un último adiós

Foto: Ismael Marcos R.
Toñi Martín del Rey (Club Viernes 13)

Sabía que no me convertiría en una estatua de sal y, aun así, no quería mirar hacia atrás. Me resistí todo lo que pude, pero acabé haciéndolo. Desde la ventanilla del autobús que me alejaba del paraíso que había encontrado vi, por última vez, el skyline de la ciudad que se había convertido en mi hogar.

El tiempo había volado. Parecía que todo había empezado ayer, pero, desgraciadamente, ya había llegado al punto final del periodo de gestación de mi primera madurez. Habían pasado nueves meses desde que esa misma imagen me diera la bienvenida. Las imponentes catedrales y yo nos saludamos con timidez e inmediatamente supimos que ese primer instante sería el principio de una indestructible amistad.

La misma tarde, cuando pisé las calles de la ciudad, las gentes parecían haberse escapado de sus casas para encontrarse en las numerosas casetas repartidas por la urbe.

Salamanca estaba en ferias, me dijeron. Más que todas las risas, la comida y la bebida que me han acompañado durante este Erasmus, me sorprendió el color dorado de los edificios, los diferentes matices que se fueron sucediendo en las fachadas hasta que agonizó la tarde. De repente, todo se iluminó: las calles, los monumentos, la Catedral Nueva al final de La Rúa. Mi cara también lo hizo al contemplar semejante belleza. No pude dejar escapar un ¡Ooooh! de admiración que se ha repetido, día tras día, en diferentes puntos de la ciudad, con cada palacio, con cada iglesia, con cada plaza, en cada rincón.

La misma emoción, la misma sensación durante nueve meses hasta que anoche, con lágrimas en los ojos, tuve que susurrar un lastimoso adiós.

Cómo olvidar las clases en las diferentes aulas de la Facultad de Filología, las tardes de risas en Caballerizas o de sol en la Plaza de Anaya, la visita a la antigua Universidad; cómo dejar atrás la Casa de las Conchas y las lecturas encontradas en su biblioteca; cómo no volver a pasear por la Plaza Mayor, por el Puente Romano, o el Huerto de Calixto y Melibea; cómo dejar atrás las novatadas y botellones prohibidos que disfruté a escondidas, las fiestas de las diferentes facultades, las previas hasta la 1:00 en diferentes pisos de compañeros españoles y extranjeros, las interminables noches de borrachera y ligoteo en el Pani, el Pakipalla, el Moma; los conciertos en el Camelot, la Nochevieja Universitaria, el Lunes de Aguas; el kebab de Varillas o el chocolate con churros junto al Toscano a altas horas de la madrugada y los increíbles pinchos, el hornazo, las patatas bravas del Segundo; los atracones de apuntes de los meses de febrero y junio en la biblioteca de Libreros o en la Zacut.

Pienso en la pequeña inmensa familia con la que he convivido: otros estudiantes extranjeros como yo con sus sonidos chirriantes tan distintos de los que nos moríamos por poder alcanzar: esas zetas, eses y jotas inimitables. Y los amigos españoles que recompensaban nuestros vanos esfuerzos con los táperes que preparaban sus “mamas” y que traían los domingos tras la visita fugaz a sus hogares.

¿Cuánto tiempo tardarán en desmembrarse los saludos y conversaciones profundas de mi lista de wasap? Sé que es inevitable, que, poco a poco, se irán desvaneciendo uno a uno, como las hojas en otoño. Pero desearía tanto retenerlos para siempre…

Me niego a pasar página, me niego, no quiero. No quiero irme. No, no, no. Pero el cristal del autobús me escupe su verdad: “Ya acabó tu tiempo. Regresa a tu tierra y deja espacio para otros como tú que están a punto de llegar”.

Sí, también ellos disfrutarán de esa amabilidad sobria de sus gentes. Disfrutarán de la ciudad, de sus días y sus noches, de los estudios en las facultades, de la alegría de sus fiestas, de su gastronomía. De todo aquello que no será ya más que un imborrable recuerdo en mi memoria.

Este skyline que llevo tatuado en la piel y en el alma me acompañará a lo largo de mi vida. “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver” dice el cantautor favorito de mi profesora de español. Quizás tenga razón, y “Sin embargo…”. No sé cuándo, pero solo puedo gritar en silencio: “Volveré”.

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