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La ciudad después del fuego

Jaume Castejón (Club Viernes 13)

A Salamanca el verano no le llega por decreto astronómico. Aquí comienza unos días antes, cuando se apagan las luces de San Juan de Sahagún y la ciudad se queda un poco a oscuras por dentro. O quizás no a oscuras, sino con esa penumbra amable de los díasque han sido intensos. Hoy es 20 de junio, y aún se respira, en ciertos rincones, el eco deesa fiesta que no tiene la fama de otras, pero que deja una resaca más honda: la de sentirseparte de algo.

Quedan restos. Algún cartel que resiste a la intemperie. En los bancos de la Plaza Mayor,la piedra ha guardado calor, y también conversaciones inacabadas. San Juan fue haceapenas una semana, pero parece lejano. Como un sueño reciente del que solo recordamos la parte luminosa.

Los estudiantes ya casi se han ido. Las maletas arrastradas por la calle Zamora, los portazos de pisos que se quedan vacíos, las risas que se despiden sin saber cuándo volverán. Salamanca cambia de acento, de ritmo, de olor. El bullicio académico deja paso al murmullo del turismo, más curioso, más pausado. Es una ciudad que sigue viva, pero de otra manera.

A mediodía, el sol no avisa. Cae sin pedir permiso, y la piedra dorada lo celebra brillando más de la cuenta. Caminar por la Rúa Mayor se convierte en un ejercicio de resistencia, aunque siempre hay un helado, una sombra, una excusa para detenerse. Las tiendas abren más tarde, las terrazas se llenan más pronto. La vida se desplaza. Ahora todo ocurre
cuando baja el sol.

En el Huerto de Calixto y Melibea, las hojas apenas se mueven. Hay parejas sentadas en silencio, como si no hiciera falta decir nada. El Tormes baja tranquilo, como si supiera que no hay prisa. Desde el Puente Romano, las torres de la Catedral se tiñen de cobre justo antes del anochecer, ese momento en que Salamanca parece respirar hondo.

Pero lo que más cambia, quizá, no se ve. Es el tiempo. No el que marca el reloj, sino el otro, el que dicta el ánimo. Estos días, Salamanca vive en un compás distinto. Se ha quitado los tacones de la fiesta, pero todavía no ha bajado del todo a tierra. Está en ese limbo de principios de verano donde todo puede pasar: un encuentro, una canción inesperada, una historia que empieza con un paseo sin destino.

Hoy, 20 de junio, la ciudad no tiene prisa. Acaba de dejar atrás el fuego de su patrón y aún guarda el calor entre los hombros. Sabe que queda mucho por delante. Y lo espera con una media sonrisa, como quien ya ha vivido mucho, pero aún se deja sorprender.

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