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Los cines que vivimos, los cines que viviremos

Luis Jaraquemada Bueno (Club Viernes 13)

La cola para entrar a ver la película se asemejaba a un cordón deshilachado de una zapatilla vieja. Aún no habían abierto la taquilla del Bretón, y ya se había acumulado un gentío organizado de manera irregular, desde la entrada del cine hasta casi la puerta de las Siervas, rodeando una de las manzanas que formaban la Gran Vía. Yo estaba nervioso. Fue la primera vez que me sentí parte de una comunidad cinéfila: personas de todas las edades, gustos y sueños estábamos hermanadas con un único objetivo: ver por fin Parque Jurásico.

Hacer cola durante dos horas, en un tiempo tan pretérito —cuando no teníamos móviles para sobrevivir al paso de los minutos— era una oportunidad para ilusionarse y especular sobre cómo sería la película. Yo lo tenía fácil, pues allí estaba, solo, con mi ejemplar del libro en el que se había inspirado Spielberg. Mi sueño desde niño, ver dinosaurios reales, en carne y hueso, se haría realidad de la mano de la persona en la que me quería convertir: el director de obras maestras como E.T. o Indiana Jones.

Llegué finalmente a la taquilla. Un hombre corpulento y malencarado me preguntó cuántas entradas quería. “Solo una”, le dije, un poco avergonzado de no tener compañeros de aventuras. Le di un billete de mil pesetas y me devolvió quinientas. “Anda, pasa”, fue su única contestación.

No podía creerlo. Estaba a punto de vivir uno de los momentos más emocionantes de mi hasta entonces corta vida. Empujé las puertas doradas del Bretón y busqué la puerta de mi sala.

—¡Luisín, vente ya!

La voz de mi padre me sacó de golpe de aquel lugar. Estaba en la calle Vázquez Coronado, que unía dos de las arterias principales de la ciudad: las calles Zamora y Toro. Al principio no comprendía bien qué pasaba. Estaba frente a un cine, sí, pero no al mismo. Me encontraba frente a las escaleras del tristemente también desaparecido Multicines Salamanca. Mi padre, en contra de su voluntad, me había llevado a ver la película de la que llevaba tanto tiempo hablando: Batman, de Tim Burton.

Había algo raro en mí que no noté hasta que empecé a subir las escaleras: mi cuerpo era más liviano, mis piernas más cortas... ¡tenía 8 años! Entré en el hall del cine, que olía a palomitas y a moqueta nueva. No podía más de la emoción.

La película empezó. La banda sonora de Danny Elfman retumbó en la sala. Miré a mi padre, agradecido, porque sabía que él estaba allí por mí. Le di un sorbo a mi Coca-Cola y me dejé llevar por la oscura magia del film.

—¡Déjame pasar, que quiero ir al baño!

Tuve que levantarme, un poco aturdido por lo que veía en la pantalla. Ya no era Batman, aunque me encontraba en la misma butaca, la misma fila y la misma sala. Danny Elfman y sus melancólicas melodías habían dado paso a las estridencias de instrumentos de viento y metal que hacían estremecer. Me toqué el cuerpo, la cara... Tenía barba. Era un yo del futuro viendo algo que me estaba dejando atónito: un mundo virtual y falso, con personajes que entraban y salían de la realidad como si despertaran o se sumieran en un sueño...

Metí la mano en el bolsillo y saqué la entrada: The Matrix, 29 de junio de 1999.

Al tocar ese papel todo se aceleró. Me vi a mí mismo besando a una chica mientras veíamos una película en la que la gente cantaba y bailaba en una autopista atestada de coches. También me descubrí llorando de emoción al ver cómo moría Nicole Kidman sobre un escenario. Sentí el vértigo de una París que se doblaba sobre sí misma, todo dentro de un sueño, como el que parecía estar viviendo yo. Pasaron por mi mente una alfombra mágica surcando la noche de Arabia, dos hombres trajeados hablando sobre hamburguesas en un coche... Y por último, ante mis ojos cabalgaron miles de jinetes, dirigiéndose como un rayo de esperanza hacia un ejército plagado de orcos.

—¡Papá, ahí!

Mi viaje astral terminó de sopetón con la voz de una niña que tiraba de mi mano. Estábamos en otro cine, uno en el que nunca había estado. Había mucha luz, demasiada. El espacio era diáfano y una chica con tatuajes me sonreía mientras me daba dos entradas y una bolsa de gusanitos.

La pequeña insistía en que nos moviéramos. Tardé un rato en adivinar quién era, pero lo descubrí al mirar sus ojos. Rebosaban ilusión, un agradecimiento inconsciente por llevarla a un lugar especial. Eran mis mismos ojos, o al menos parecidos. Seguía tirando de mí para que nos acercáramos a un cartel gigante. En él, una niña morena abrazaba a un monstruito azul.

—¡Stitch, papá!
—¿Te ayudo?

Volví en mí cuando el acomodador me ofreció llevarme a mi asiento. Me encontraba de nuevo en la sala uno del Bretón: la grande, la de los grandes estrenos. Miré a mi alrededor y recordé dónde estaba. Asentí al acomodador y me acompañó hasta mi butaca. Me senté con la esperanza de que no se pusiera delante de mí alguien muy alto.

Me sentí extraño, como si hubiera perdido parte de mi inocencia en aquella experiencia. Pasado, presente y futuro se habían solapado y unido en un solo momento: la experiencia de ir al cine. Empezaron los acordes del tema musical de Universal, y sonreí por todo el camino cinematográfico que había vivido hasta llegar allí…

Y, sobre todo, por todo lo que me quedaba por recorrer.

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