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El día que Freddie Mercury se coló en las aulas de 'La Ponti'

Por A. Ferrara

Como suele empezar el periodista César Vidal sus editoriales, corría el año... 1991 en esta ocasión, y del mes de noviembre -a finales-, cuando daba mis primeros pasos como universitario en las vetustas, imponentes e inigualables estancias -qué suerte haber podido estudiar en ellas- de la vieja Universidad Pontificia de Salamanca de la todavía entonces adoquinada Calle Compañía -qué crimen el cometido poco después contra el genuino e histórico empedrado debido a las obras de renovación del abastecimiento-.

Habían pasado ya cinco años del estreno de la laureada película El nombre de la rosa, y cada día que me movía por los pasillos, escalinatas, pasajes... de La Clerecía, no pocas escenas del film basado en la brillante novela de Umberto Eco se amontonaban en mi cabeza, especialmente en esos días lluviosos, cuando en algún que otro receso durante mis horas de estudio en la biblioteca, me asomaba a alguno de los balcones que daban al insigne claustro -con el pozo en el centro del patio-, mientras Fray Guillermo y su discípulo Adso no cabían de gozo tras descubrir en aquel monasterio medieval el secreto lugar que guardaba buena parte del conocimiento que durante siglos había permanecido oculto, sólo al alcance de unos pocos privilegiados, que lo custodiaban con celo, sin ánimo alguno de compartirlo con el resto de los mortales.

En esa atmósfera donde se mezclaban lo medieval y lo moderno, tenía lugar, como decía, mi contacto inicial con las aulas de la Facultad de Ciencias de la Información. Aulas de techos inalcanzables y sobrios muros de piedra, donde iba a tener lugar la curiosa anécdota que quiero compartir con ustedes, y que tuvo lugar en una mañana del citado mes de noviembre de ese año 1991.

Tras las dos o tres primeras horas de clase, que como es lógico no recuerdo a qué asignaturas correspondían, sí en cambio puedo atestiguar que sería en la de Economía -sí, en Periodismo también se daba Economía en primer y segundo año de la carrera- cuando se iba a producir el hecho objeto de este artículo.

Apesadumbrado, como si el fin del mundo estuviera a punto de acontecer, entraba en la clase nuestro entonces profesor -hoy catedrático- y tomaba asiento. Cuando todo parecía indicar que nos disponíamos a retomar conceptos como la ley de la oferta y la demanda o la curva LM -nada que ver con la entonces marca de cigarrillos de igual nombre-, el docente, todavía compungido, y tras tomar aire, con tono sereno se dirigió a su alumnado:

— Lo siento, no me encuentro bien y no puedo dar la clase. Me acabo de enterar de la muerte de Freddie Mercury. Os podéis ir si queréis. Lo siento.

Caras de estupefacción entre nosotros. Aunque en los primeros instantes aquellas palabras podían sonar a broma, rápidamente se pudo ver que eran sinceras y firmes. No alcanzaba a comprender cómo el fallecimiento de alguien tan popular -pero lejano- como el gran vocalista de Queen podía afectar de esa manera a alguien, por muy fan que fuese, llevándolo a cancelar su clase. Quizás en unas pocas semanas iba a tener respuestas a aquel, entonces para mí, extraño comportamiento.

Aunque no recuerdo el motivo, poco tiempo después, junto con unos amigos, tuve que visitar al citado profesor en su despacho de la Facultad de Derecho de la USAL, donde habitualmente daba clase. Nada más entrar en la estancia donde nos esperaba, nuestras miradas se dirigieron con asombro a una de las paredes, cubierta prácticamente en su totalidad por un gigantesco póster. No era una imagen cualquiera. Era una fotografía icónica. En ella se podía ver a un tipo con bigote, zapatillas deportivas, pantalón blanco con franja roja y dorada en el lateral, torso semidescubierto, ataviado con una capa y corona reales, y en una pose inmortalizada durante el famoso e inolvidable concierto que la banda había dado en Wembley en 1986, del que salió al mercado un exitoso doble vinilo/cassette -la tecnología que la industria discográfica manejaba en aquella época-.

Hoy, casi 34 años después de aquella historia de la vida real, me doy cuenta de que era demasiado joven e ignorante, no estando preparado para comprender a aquel profesor que se vio incapacitado para dar su clase tras conocer la trágica noticia sobre alguien muy especial para él, no sólo por sus excelsas cualidades vocales, sino porque, más si cabe en aquellos tiempos, Freddie Mercury simbolizaba la ruptura con lo políticamente correcto, con esa vía estrecha que el sistema nos tiene preparada desde la cuna, que debemos recorrer sin salirnos de ella; en definitiva, alguien quien no hacía más que ejercer su Libertad. La Libertad innata al ser humano por el mero hecho de nacer y que nunca nadie, en el mundo terrenal, nos podría arrebatar sin que medien para ello el engaño, la manipulación y el miedo.

I want to break free. Friends will be friends. The show must go on...

[Imagen: A. Ferrara]

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