La degradación de la política

Al margen de la presencia transversal del feminismo en las calles (desde 2018), el último movimiento espontáneo y masivo con carácter político de la ciudadanía en nuestro país tuvo lugar a raíz del 15-M de 2011. Aquella expresión colectiva a favor de una mejora democrática y de protesta contra un bipartidismo inoperante cristalizó en la creación de Podemos y Ciudadanos, dos partidos que, por razones diversas, frustraron de tan mala manera las aspiraciones de quienes los apoyaron entonces que apenas queda hoy algún rastro de lo que fueron.
Es probable que buena parte de aquellos indignados y entusiastas, así como la generación más joven que llegó después, hayan caído en la apatía o en el desánimo: por supuesto, no han vuelto a los partidos mayoritarios y, llegado el momento de meter el voto en las urnas, expresan su malestar a través de nuevas opciones, fundamentalmente la ultraderecha y cualquier otra que, por muy pintoresca que parezca, combine una parte de provocación a lo establecido y otra de respuesta salvífica a los muchos problemas que padecemos.
El hecho de que la mayoría de las democracias occidentales experimente similares procesos indica que es común la percepción de los ciudadanos sobre la política en sus respectivos territorios. Habrá quien considere, seguramente por comodidad o conveniencia, que se trata de una quiebra de confianza irreversible (una suerte de proceso mecánico o biológico) y universal en las instituciones, en su funcionamiento y hasta en principios que parecían sagrados como el de la división de poderes. Y asimismo se podrá argumentar que las ideologías están en crisis, fundamentalmente en la izquierda, pues al neoconservadurismo se le ve cada vez más orondo y satisfecho. En mi opinión, sin embargo, lo que lleva a esa desafección ciudadana, su causa primera, es el descontento con la clase política, con los representantes públicos, y de manera muy acusada con los que se desenvuelven en cualquier ámbito parlamentario.
El desapego ciudadano no va tanto contra la democracia sino contra el mal uso que hacen de ella, en general, quienes simulan representarla.
El partido propio lo hace todo bien y es intachable; el adversario, incapaz y corrupto. Se exige al otro una autocrítica que quien la demanda no practica. Las palabras “acuerdo” y “consenso” no figuran en el vocabulario de los contendientes. Se gobierna y se hace oposición en la superficie, arañando las apariencias. Nadie, en fin, tomará una decisión útil y necesaria para sus conciudadanos pero que entrañe perder algunos puntos en las encuestas, ni se enfrentará de veras al líder, aunque no comparta en absoluto sus decisiones, porque eso significa poner en riesgo el propio puesto; salvo aquellos, claro (y han sido muchos) que podían permitirse abandonar la escena pública hasta dejarla en manos de quienes, de ordinario, no tenían otras ocupaciones, ningún empleo de relevancia fuera del sillón del partido.
Y esta es la cosa: el desapego ciudadano no va tanto contra la democracia (de momento) sino contra el mal uso que hacen de ella, en general, quienes simulan representarla. Habrá que revisar estas delegaciones, porque, por la incapacidad de la mayoría de la clase política, el mantenimiento del estado del bienestar está en entredicho y, de consuno, los valores de tolerancia, libertad y pluralismo.













