¿Capitalismo o Comunismo? El enemigo, el Estado

Aunque cada cual lo entienda a su manera y con sus matices, podemos decir que el capitalismo es la teoría según la cual el progreso económico consiste y depende del interés individual. La condición indispensable para que se pueda llevar a cabo no es otra que el individuo tenga libertad para obrar, sin trabas impuestas por el Estado. Cumpliéndose esta condición, el interés sugiere a cada persona el modo de obrar más conveniente para ella, y la libre competencia elimina del mercado a los menos hábiles. Consecuencia de este hecho será que cada cual se verá impulsado a producir sólo aquello que sabe hacer mejor, y, por consiguiente, los consumidores disfrutarán siempre de los mejores productos al precio más bajo posible.
Esta teoría maduró en Europa durante el siglo XVIII. La expresó por primera vez de forma total y acabada el inglés Adam Smith (1723-1790) en su obra Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones (1776). En aquella época los gobiernos inspiraban sus intervenciones en la economía en una serie de doctrinas agrupadas bajo el término de mercantilismo, las cuales tendían en esencia a la acumulación en el tesoro estatal de enormes cantidades de dinero. De acuerdo con la filosofía mercantilista, era conveniente exportar el máximo posible de productos nacionales, ya que de este modo se ingresaba dinero del extranjero, e importar lo menos posible, porque de esa forma salía del país la mínima cantidad deseable de moneda.
Naturalmente, como todos practicaban el mismo sistema, ocurrió que los consumidores pagaban más caros los productos nacionales y los fabricantes se quejaban porque no podían vender los bienes elaborados en el extranjero. En aquella situación, las teorías de Adam Smith llegaron como un soplo de aire fresco y suscitaron auténtico entusiasmo. Fue tal que la propia opinión pública acabó por imponerlas a los gobiernos en las primeras décadas del siglo XIX.
Viva el mal, viva el capital
En los años que siguieron a la publicación del libro de Adam Smith, entre 1770 y 1830, se había producido la Revolución Industrial, es decir, se había iniciado la era de las máquinas. Ello significaba, en la práctica, que el productor no era ya una persona, sino un conjunto de aparatos e instrumentos, de hombres para hacer que funcionasen y de técnicos para dirigir a unos y otros. El obrero sólo podía trabajar si encontraba una fábrica que accediera a aceptarlo; el empresario no conseguía establecerse si no encontraba a alguien dispuesto a anticiparle el dinero imprescindible para adquirir la maquinaria.
Ante tales circunstancias, los empresarios especularon con la abundancia de mano de obra, obligando a los trabajadores a aceptar salarios miserables. Pero los mismos explotadores se hallaban a su vez a merced de quienes les prestaban el dinero a un interés altísimo. Las ciudades industriales se transformaron en inmensas aglomeraciones de tugurios, en los que los desvalidos obreros, indigentes y hambrientos, pasaban su triste vida. ¿Quién tenía la culpa de ello? Sin duda, quienes acaparaban el elemento indispensable para que funcionase el sistema entero: el capital.

En los libros todo parece muy idílico...
Precisamente El capital es el título de la obra que el alemán Karl Heinrich Marx (1818-1883) dedicó en 1867 al análisis de la situación y a la búsqueda del remedio. Para Marx el capital se presenta como el fruto de la apropiación indebida que algunos individuos cometen en perjuicio de los obreros, pues se embolsan la diferencia entre el precio de venta de un producto y la retribución que percibieron los trabajadores por haberlo fabricado. Esa diferencia -plusvalía- no sólo enriquece a los individuos en cuestión, sino también les posibilita imponer su voluntad a los demás, porque únicamente ellos pueden prestar el capital necesario para poner en movimiento la vida económica.
Dadas estas conclusiones, no cuesta imaginar el remedio que propuso Marx: los obreros deben rebelarse, eliminar a los capitalistas y hacerse cargo de la gestión de los medios de producción, tales como fábricas, minas, bancos, etc. Marx no creó el socialismo -le precedieron unos pensadores y le siguieron otros-, pero fue indudablemente su autor más representativo. Se inspiraron en sus teorías los bolcheviques rusos que en 1917 se adueñaron del poder en su país e iniciaron un experimento de economía socialista, que más tarde se extendió a muchas otras naciones, como las extintas República Democrática Alemana (RDA) y Checoslovaquia, Polonia, Bulgaria, Rumanía, Hungría, China, etc.
En la práctica ya es otro cantar...
A decir verdad, ni el capitalismo ni el socialismo han sido llevados a la práctica en la forma en que fueron teorizados. El primero no tuvo importantes resultados en el siglo XIX, pero la condición absoluta que sus teóricos establecían para su funcionamiento -la total libertad del mercado- jamás se cumplió en realidad. Los gobiernos, en cuanto al exterior, aunque renunciaron en teoría al mercantilismo, nunca prescindieron por completo de proteger ciertas industrias nacionales con la implantación de trabas al comercio extranjero -proteccionismo-. Incluso en el interior, faltó a la libre competencia la condición obligatoria para que resultase efectiva: la paridad de las fuerzas en acción.
En los comienzos de la civilización industrial, los patronos consiguieron organizarse con auténtica independencia, pero los obreros no pudieron hacer lo mismo. Cuando se autorizaron las organizaciones sindicales, la situación de los trabajadores mejoró, aún dentro del régimen capitalista. Tampoco el socialismo se ha aplicado íntegramente en los países que dicen pertenecer a él, ya que la gestión de los medios de producción jamás ha estado, de hecho, en manos de los trabajadores, sino en las de una minoría de dirigentes.
¿Libertad a cambio de igualdad?
¿Se acuerdan o alguna vez escucharon aquella historia a modo de chiste que se contaba sobre aquellos comunistas que vivían en buenas mansiones y visitaban las fábricas en no peores coches? "Aunque seamos nosotros quienes vivimos en esas casas y nos movamos en estos vehículos, que sepáis que son vuestros, son del pueblo", les solían repetir a unos agotados y engañados obreros que se acabarían dando cuenta de que de la teoría a la práctica... Aunque quizás lo peor no era que hubiesen perdido toda opción de aspirar a morar algún día en alguna de aquellas mansiones y de pasear en aquellos automóviles... lo peor es que habían perdido su libertad, se la habían confiado al "Estado" para que la gestionase. Libertad a cambio de supuesta igualdad. Tocomocho.
Aunque este último comentario pareciera estar más en la esfera política, no hay duda de que los sistemas económicos han de ser puestos en marcha y gestionados por personas, por lo que están inevitablemente ligados a los sistemas políticos. Así, podemos ver cómo las democracias occidentales, sustentadas en la libertad del individuo y en el sacro respeto hacia la propiedad privada, se abrazaron sin miramientos al capitalismo; mientras en aquellos lugares donde las ideologías socialista/comunista arraigaron, el Estado pasó a ser no sólo el "dueño" de la propiedad "privada", sino también en cierto modo de los ciudadanos, al renunciar éstos a su libertad en pro de un supuesto bien común y colectivo. Individualismo frente a colectivismo, propiedad privada frente a propiedad estatal.

Modelo perfecto para asentar una tiranía tras utilizar y engañar al pueblo para alcanzar el poder
No es de extrañar que el socialismo y el comunismo como sistemas económico y político, tal y como se llevaron a la práctica en el pasado siglo, sean predilectos de quienes no pretenden sino perpetuarse en el poder; es un modelo perfecto para quien pretende asentar una tiranía.
Siendo "Papá Estado" el director de orquesta, sin propiedad privada y, por tanto, sin libertad de emprendimiento, desaparecen las clases medias, vital contrapeso en el mantenimiento de las libertades ante el abuso de poder y las tendencias totalitarias. ¿Y quién maneja los hilos de dicho "Papá Estado"? Pues un súper reducido grupo de personas; de esas que viven en las grandes casas y se mueven en los buenos coches "del pueblo". En definitiva, una magnífica manera de tener controlado al pueblo, enormemente más sencilla que el control que tiende a ejercer el capitalismo sobre la masa social, mucho más sofisticado.
Si bien el capitalismo cuenta igualmente con su buena dosis de excesos, tanto desde el punto de vista material como humano, sí al menos brinda al individuo la posibilidad de emprender para poder lograr sueños y metas.
En la práctica, el socialismo y el comunismo vendrían a ser para la ciudadanía como aquella cinta de correr en el gimnasio: puedes caminar, trotar y correr kilómetros y kilómetros... pero no avanzas, no te mueves del sitio.
El capitalismo es despiadado en la teoría y en la práctica; es un jugador de cartas que no esconde su agresividad desde el inicio de la partida. En cambio, el socialismo/comunismo es verdaderamente humano, bienintencionado y hasta con cierto aire romántico sobre el papel... pero en la práctica es tan o más despiadado que el capitalismo, pues ha desprovisto al pueblo de cualquier mecanismo de defensa ante el abuso; en este caso el jugador de cartas inicia la partida con su mejor sonrisa... pero durante la misma dará muestras de su implacable ferocidad, sabedor de que guarda, no uno, sino todos los ases en la manga.
Aunque el ejercicio del poder tiende a los absolutismos, autoritarismos y totalitarismos, mientras en un sistema capitalista y liberal hay ciertos frenos, contrapoderes y castigos para tales excesos, en el socialista/comunista tales contrapesos están ausentes.

Y llegados a este punto... ¿no hay algún sistema entremedias, capaz de captar lo mejor del capitalismo y del socialismo, al tiempo que deseche sus respectivas taras? Esta pregunta me la trasladó en una ocasión alguien tras el regreso de su primer viaje a un país "comunista". Lo de comunista se ha puesto a propósito entre comillas porque durante esa intensa experiencia vivida a pie de calle, entre el pueblo, esa persona se dio cuenta de que el día a día en ese sistema tenía trazos gruesos comunistas, pero contaba también con pinceladas capitalistas.
¿Y si buscamos un sistema que no se entrometa en la libertad del individuo y, al mismo tiempo, en lugar de agresivo, sea humano, solidario, protector del más débil y respetuoso con el entorno que nos rodea? No sé si la búsqueda de ese híbrido puede resultar igual de exitosa que la de Eldorado, el Yeti o el monstruo del Lago Ness, pero lo que sí al menos parece claro a estas alturas es que ese eslogan que globalmente se está lanzando desde hace algún tiempo a la población mundial, y que viene a decir que debemos estar tranquilos y no temer nada, porque "en 2030 no tendrás nada y serás feliz"... como que no convence...
Nuestra libertad: el verdadero objetivo
Si nos fijamos, se trata de un claro mensaje de corte socialista/comunista, que prescinde de la propiedad privada para, a pesar de ello, supuestamente dotar al ser humano de su anhelada autorrealización. Y, ojo, porque el lema no parece quedarse únicamente en la esfera material; ¿acaso la pretensión es que tampoco tengamos libertad?
Sea como fuere, lo que resulta curioso es que algunos de los peces gordos que promueven esta proclama no han dejado en los últimos tiempos de hacerse con cada vez más propiedades, ya sean inmobiliarias, de empresas o de terreno. Para tener al menos algo de credibilidad a la hora de lanzar ese mensaje, deberían predicar con el ejemplo y no hacer lo contrario de lo que dicen, ¿no creen? Y es que... ¿por qué "en 2030 no TENDRÁS nada y SERÁS feliz" en lugar de "en 2030 no TENDREMOS nada y SEREMOS felices"? Parece que el plan lo diseñan unos... pero está dirigido a nosotros... muy sospechoso...

Retomando el eje de este artículo, cabe recordar que los Estados Unidos sufrieron en 1929 una terrible crisis económica, que se extendió a los países sujetos al sistema capitalista -¿se acuerdan de aquello de que cuando EEUU estornuda..?-. Algunos observaron en tal ocasión que, si existen buenas posibilidades de vender con beneficio las mercancías producidas, el capital siempre muestra cierto interés en animar la producción. Por lo tanto, la verdadera causa de la miseria no estaría tanto en la tiranía del capital como en la incertidumbre de la demanda, que aleja al capitalista de las inversiones productivas.
A su vez, el descenso de la demanda se debe de modo sustancial al bajo poder adquisitivo de las clases trabajadoras. Si los obreros, en lugar de estar parados o de ganar poco, trabajasen y ganasen algo más, podrían comprar mayor cantidad de bienes, y no sólo vivirían mejor, sino que también se traduciría en la ocupación de otros obreros. Había, por consiguiente, un círculo vicioso. El acusado descenso de la demanda producía desempleo y miseria; pero es que el desempleo y la miseria tendían, por su parte, a hacer descender la demanda. En cambio, a mayor petición de mercancías, mayores serán los empleos y los beneficios, que engendraban a su vez otras demandas.
Del Estado vigilante al intervencionista totalitario
Pero ¿cómo se lograría romper con este trabalenguas o, dicho de otra manera, cómo se podría salir de ese círculo vicioso? Solamente el Estado podía dar el impulso inicial. Así, Franklin Delano Roosevelt (1882-1945), elegido en 1933 presidente de los Estados Unidos, puso de nuevo en movimiento a la economía, al incrementar la demanda con un mastodóntico programa de inversiones públicas, conocido como New Deal -algo similar es lo que pretende la UE con su programa multimillonario, curiosamente llamado Green New Deal, originalidad a raudales, para tratar de estimular su economía con resiliencia e inversiones eco-sostenibles-.
Estudió y teorizó esta experiencia el economista inglés John Maynard Keynes (1883-1946), en la obra Teoría sobre el empleo, el interés y la moneda (1936), fuente de inspiración para todas las naciones que no hayan adoptado decididamente el socialismo.
Según la teoría keynesiana, que constituye el desarrollo moderno más lógico y coherente de las antiguas doctrinas del liberalismo, el Estado no ha de poner freno a la iniciativa privada, pero no debe perder de vista el mecanismo económico y tiene que intervenir llegado el momento oportuno para estimularlo.
Los instrumentos de intervención estatal son tres en esencia:
- La política monetaria, o sea la mayor o menor facilidad de recurso al crédito. En el caso de la UE, la política monetaria es común, al no disponer los estados miembros de su propia moneda. La marca el Banco Central Europeo (BCE).
- La política fiscal, o mayor presión en los períodos de bienestar y desgravación en los difíciles.
Es curioso que en España, pese al estado cada vez más crítico de su economía, las políticas del Gobierno, lejos de aliviar la carga fiscal sobre las familias y el tejido productivo, van en sentido contrario, haciendo que la asfixia sea todavía mayor por efecto de la inflación. No parece lo más adecuado estrangular a las cada vez más menguadas y depauperadas clases medias para mantener un gasto público desorbitado, in crescendo desde hace décadas, en el que partidas fundamentales como las de la Sanidad o la Educación rivalizan ya en clara desigualdad de condiciones con las que genera la propia estructura del Estado; esto es, la sobrecarga de funcionarios públicos y, especialmente, cargos políticos y empleados colocados digitalmente -a dedo- por partidos, sindicatos y toda clase de entes y organismos tanto en la Administración central como en las autonómicas, con la consiguiente e innecesaria duplicidad de funciones y gasto.
En definitiva, un ya insostenible, vergonzoso e hiriente despilfarro de las arcas públicas. Estamos ante una estructura pública paquidérmica, que ya a duras penas todavía mantiene el sector privado; todo un conglomerado de redes clientelares.
- Inversiones directas en los sectores más vulnerables de la iniciativa privada, de manera que se contribuya al progreso general de la economía.
Del Estado-Nación al Estado-Corporación
Ya para ir finalizando, indicar que asistimos a un momento histórico donde la figura y el papel de los Estados, tal y como los veníamos conociendo en el último siglo, parecen estar sufriendo una redefinición. La crisis de 2020, dentro de sus enormes y múltiples dudas generadas, ha dejado algo claro: que las grandes corporaciones, en este caso las farmacéuticas, de la mano de tecnológicas y medios de comunicación, ya no sólo ejercen presión sobre los distintos gobiernos para imponer sus estrategias, sino que, ya sin careta y a plena luz del día, han demostrado que están por encima de ellos, bien porque están ya directamente a su servicio, bien porque han eludido enfrentarse a estos mastodontes que no sólo controlan, sino que parecen estarse erigiendo en los nuevos Estados.
Desde luego que no estamos descubriendo nada que no se sepa... pero nunca hasta esa fecha se había perpetrado un asalto por el control y contra la libertad de los individuos, de forma coordinada y a escala mundial.

Y no queremos terminar este artículo sin dar cuenta de estas sabias y demoledoras palabras que nos dejó el Catedrático de Historia de la Ideas y de las Formas Políticas, Dalmacio Negro:
"Hoy los Estados son todos totalitarios. Concentran todo el poder político; tratan de controlar absolutamente todo. El intento hoy de los Estados es cambiar la naturaleza humana (…), crear un hombre nuevo. El Estado es algo artificial que se superpone a la auténtica forma histórico-política europea: la Nación. De hecho, hoy los Estados están arrasando las Naciones; las están destruyendo o prácticamente las han destruido ya, sustituyéndolas por la opinión pública, más o menos manipulada, porque se han apoderado de la Cultura. Lo cual quiere decir que la situación de Europa es muy grave, porque la forma natural es la Nación".
[Nota: Curioso... si atendemos a la imagen que encabeza este artículo y a la que lo cierra, empezamos con unas monedas... y terminamos sin un duro.]














